Por Fidel Ernesto Narváez

Homenaje a la máscara y a los artesanos monimboseños.

“Pero él fue solamente un pintor. Uno
entre los otros espantapájaros, minúsculos 

en medio del gran viento que choca contra el cielo,

empeñados en añadir un paso más a la larga cadena.

Ocupados en cambiar la Naturaleza, como las estaciones.

Rehaciendo y contrarehaciendo el rostro del mundo.
El rostro
del vasto mundo plástico, super modelado y vacío.”

-Carlos Martínez Rivas-

De la Insurrección de Abril nos queda el hecho de, que los nicaragüenses han encontrado una nueva forma de relacionarse con los objetos. Han roto el puente del mundo cartesiano que dividía una orilla con la otra, por un lado, la orilla del objeto inamovible en su quietud, esperando a ser utilizado, y en la otra, la del sujeto expectante, distante y con la voraz adicción de siempre mantenerse diferenciado del objeto, porque no hay nada más alto que el sujeto que todo lo observa, analiza y después domina. Homo Economicus. Los nicaragüenses queriendo buscar una nueva Nicaragua, también han encontrado una nueva visión del mundo, no hay revolución si no hay una nueva forma de relacionarnos con las otras formas de vida que habitan la madre tierra y que nos acompañan en ella.

Un perro que se cuela en las manifestaciones se deja de llamar perro, y adquiere un nombre político, se aleja de las órdenes del cazador y nos acompaña en la búsqueda del respeto a los Derechos Humanos, ahora persigue a la representación del poder y la tiranía, la muerde, los muerde, ahora se llama Firulay. Una bolsa con agua repartida por Doña Coquito deja de ser una bolsa con agua, se vuelve en un símbolo de solidaridad, en lo que siempre ha sido, pero que la privatización le había raptado de su naturaleza, la de dar vida y la había convertido en un objeto de comercio y apropiación. Un lápiz labial rojo en las celdas del Chipote dejó de ser un lápiz labial, se transmutó en un color contestatario, un rebelde reflejo de luz en nuestros labios frente al gris y pálido escenario de las celdas de tortura.

Una silla contra la espalda de un polícía de fuerzas especiales, y unos globos mecidos por el viento que sube desde la Laguna de Apoyo en Catarina, dejaron de ser globo y silla, no es que se convirtieron en una pieza de arte dadaísta, o del absurdo, expuestos al lado de las obras de Marcel Duchamp en algún museo de Nueva York, no, sino que devinieron en una extensión de las formas de protesta, como las manos, el pecho, las piernas, una pancarta; como el propio cuerpo en el mundo reconciliado del sujeto y el objeto, donde ambos se encuentran al final del camino, para agarrarse de la mano de la lucha cívica y pacífica de los pueblos del mundo que quieren vivir con dignidad.

Los habitantes de Mesoamérica siempre han sido vistos bajo la lupa del estigma de la transmutación. En la historia fueron observados como seres que dejan de ser personas para convertirse en brujos, en animales, en cosas, en otra naturaleza, ¡Como si no fuésemos naturaleza! Uno de los casos más mediatos, quizás, sea el del joven Martín Ocelotl en el siglo XVI, sometido a juicio por la inquisición y desterrado de México para ser enviado a tierras ibéricas, para evitar la difusión de las ideas de la transmutación. El propio nombre de las poblaciones que habitaron Nicaragua, los nahuas, de nahualli, significa precisamente lo oculto, lo transmutable, en animales, un disfraz, lo que puede cambiar de naturaleza. Y el caso más inmediato puede ser el de una dictadura, denominando a miles de personas recorriendo las calles, las universidades y los países del mundo como terroristas, subversivos, golpistas del orden establecido de las cosas y las formas de dominación. Y así en la Nicaragua de hoy, una bandera, un pañuelo o una máscara, revive esa antigua medida de corrección para desterrar, desaparecer, atacar todo lo que para el poder significa renovación, insurrección, algo nuevo. Las formas cambiantes de ver el mundo con justicia, con dignidad, con libertad, con rebeldía frente a las estructuras todopoderosas del poder eclesial, bancario, gubernamental, mafioso o internacional.

De todo ello, surge la resistencia permanente frente a las injusticias perennes, aparece en los nicaragüenses el ejemplo de que las máscaras se han vuelto camuflaje de un ocelote pisando el trópico seco o lluvioso, el canto de muchos ha devenido en un cenzontle, que vuela de cerro en cerro, que canta de cárcel en cárcel, y a pesar que el poder quiera encerrar en la más húmeda y emparedada soledad a la resistencia, como hicieron con Antígona hace milenios, siempre habrá un nahualli, un tigrillo, una autoconvocada, una silla, un globo, un ahuizote, un lápiz labial, un minúsculo vandálico, una flor, un campesino, estudiante, haciendo del latido de su corazón un ruido que le acompañe, porque el silencio absoluto no existe, y hace de los barrotes, el perfecto lugar de dónde tomar impulso y levantar su Insurrección, aunque sea solitaria.