Para la oligarquía nicaragüense las cosas más visibles, de lo que señalan como “normalidad”, son que una familia acuda a centros comerciales o ver a un grupo de amigos salir borrachos de un bar. En eso se concreta su petición a la ciudadanía de querer volver a su rutina diaria. Es esa “la percepción” que tienen ellos, de lo que nosotros llamamos normalidad.

Por eso es que no me sorprende que muchos de mis amigos se sientan culpables cuando comparten la afirmación de querer volver a vivir como venían haciéndolo antes del 19 de abril. Pero imagino que además de tener ahora presente los comentarios de determinados, es por el hecho de que, cómo podemos anhelar algo si nuestros presos políticos están sufriendo o una familia sigue reclamando justicia por un ser querido asesinado.

Para muchos de nosotros la normalidad tiene otro significado, algunos maestros están poniéndose a disposición de los alumnos luego de haber culminado otro ciclo escolar, para poder enseñar lo que no enseñaron y reforzar lo poco dado; grupos de teatro están haciendo hasta lo imposible por llegar a los barrios a presentar su talento… Lo de siempre, estamos haciendo de todo por una vida que nunca nos ha devuelto nada. Lo normal.

Lo que no es normal aquí, es que luego de cumplirse dos años de la vergonzosa campaña del “dedo limpio” para no salir a votar en las elecciones presidenciales, se esté apostando al mismo procedimiento para las elecciones regionales, pero por el empeño de evitar una connotación política a la lucha cívica en el país, lo que me hace analizar entonces, hasta cuándo van a hacernos perder el tiempo.

Lo que tampoco es normal, es el hecho de que sanciones como la Nica Act sean aplaudidas, cuando para el congreso norteamericano, únicamente es aprobada porque Ortega-Murillo, hasta ahora, representan una amenaza para los intereses comerciales de su país. Muchos de nosotros ni siquiera podemos pronunciar el nombre de tal ley; mucho menos conocer de sus consecuencias. Causas que fortalecen que otros sean siempre los que nos vengan a solucionar nuestros problemas porque nos creen incapaces. En algunos círculos de debate, incluso, hay un empeño porque se nombre al “verdadero impulsor” de la ley, Barack Obama, no vaya a ser, y se nos quede éste sin ser mencionado en las tablas de la historia, como si este personaje va a sumarle credibilidad a asuntos tan importantes como los derechos humanos y la democracia.

Nicaragua todavía no fracasa porque nuestra voz popular se aferra a que, a nuestros hijos y a las generaciones siguientes, les vaya mejor. Aún con la ausencia de muchos, que ni siquiera se han acercado a nosotros para decirnos cómo tienen que hacerse ciertas cosas. Todas las caras, incluso la nuevas, están amontonados en una misma matriz, asegurándose una carrera política a futuro. Pero eso no está mal, a lo mejor y es el impulso para darnos cuenta, de que la auto realización es elemental para el cambio, pero no todos tenemos la fortuna de llegar a esas conclusiones/aspiraciones, y es lo que no se está trabajando. Partir a otras tierras, diría Roberto Bolaño, partir a otras ideas, puede ser el anhelo desbocado de nuestra ignorancia pero también es nuestro valor. Lástima que siempre seamos los mismos los que carguemos con sentimientos de culpa.