“Primero disparar, luego preguntar” pareciera una frase acuñada a la orden del estado de Nicaragua para justificar su matanza, pero no es así, pertenece a Jair Bolsonaro, la cara de la extrema derecha que está a punto de consolidarse en Brasil como nueva forma de autoridad, y que, al igual que el populismo de izquierda, pretende normalizar la violencia y dejar en claro un único objetivo, el de la muerte al cumplimiento del deber.

Es fácil intentar analizar las diferencias entre las políticas reformistas que han surgido a lo largo de estos años en nuestra América, tanto de la derecha como de la izquierda, no hay ninguna, y ambas tienen como base social el capital, por eso pueden controlar y evadir una distribución justa para una población completa. Por esa razón, es que los programas sociales quedan siempre como eternas promesas incumplidas y en calidad de vida siempre quedamos como los eternos países emergentes.

Es difícil, al menos para mí, saber que los ideales sociales, en los que he creído, han quedado relegados por culpa de gobernantes incompetentes que sólo han sabido abanderarse con causas tan justas y trascendentales para vomitar un discurso superfluo con tal de tener el poder, es tan difícil para mí ver cómo la palabra revolución, muchos de mi generación empiezan a rechazarla y asociarla a algo que significa muerte, todo por culpa de esos que dejaron que sus indiferencias internas se expandieran en una sociedad, sin reparar en que todo ese odio iba a hacer correr la sangre al día de hoy.

La decepción que estos dictadores hicieron con nuestras creencias ha causado una alteración en la mentalidad de nuestra gente porque creen que estas nuevas formas de gobierno, la de los populistas de derecha, son las alternativas que necesitamos para progresar, y no. La desintegración social no se resuelve eligiendo líderes por resentimientos.

Por eso hay que ser críticos en todos y cada uno de los argumentos que estos nuevos líderes nos proponen, no sólo en que son la nueva cara de la oposición. Analizar y cuestionar son la clave para que cada nicaragüense no vuelva a empuñar un fusil, la gente debe de saber porque está luchando, tiene que volver a creer que protestar es uno de nuestros derechos.

Es momento de empezar a llamar a las cosas por su nombre, un movimiento no puede sólo estarse reuniendo a leer comunicados en salas costosas de hoteles de lujo, ni promoviendo a líderes que se ajusten al servilismo, mucho menos hacernos pensar que una campaña de cambio es un asunto familiar. Hay que ver de qué lado estan surgiendo ideas y apoyarlas, porque es la razón clave para eliminar la desconfianza.