El pasado 5 de octubre fue presentado en los juzgados de Managua Edwin Carcache, Oscar Rosales Sánchez, Jefferson Padilla y los hermanos Jonathan y Carlos Lacayo. Jóvenes a quienes el régimen Ortega-Murillo acusa de terroristas. Dos días antes aparecía en medicina legal el cadáver de Denis Madriz Obando con dos balazos en el pecho, y por si faltara algo más para describir la “normalidad” que imponen en el país, esa misma semana nuestras ancianas fueron agredidas y llevadas a El Chipote por manifestarse.

No es cierto que Ortega-Murillo cada vez esté más debilitado, y la prueba absoluta es el hecho de que a día de hoy la falta de argumentación política siga siendo factible para seguir gobernando. Esto no es lo peor de todo, con el anuncio de la conformada Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) parece ser que la persuasión con la figura de viejas y muy conocidas caras es el fenómeno que todo movimiento social en Nicaragua intenta implementar para asegurar el éxito. No tiene porqué ser así, no es verdad que aquí lo importante es quitarnos de encima una dictadura, aquí lo importante es saber qué formas vamos a utilizar para no dejar que se instale otra, y esta acción, a mi parecer, es la copia de algo que ya vivimos pero la diferencia está en que si se siguen obviando a muchos sectores de nuestra población estaremos condenados al fracaso.

El llanto del prisionero Carcache al mencionar a su hija delante de las cámaras me llenó de mucha tristeza, ese quejido lo he podido asociar al dolor que sentí la primera vez que emigré, que era, en ese entonces, lo más duro a lo que me había enfrentado. Un suspiro que haces con la boca y te hace que olvides tus recuerdos, de lo contrario no podes avanzar al caminar. Pero el dolor parece ser algo indiferente para la dictadura y su séquito que, cada semana tienen que memorizar un discurso rebuscado para boicotear el reclamo de la mayoría por sus muertos, por sus desaparecidos, por sus desterrados.

El fanático Orteguista sigue empecinado en defender la violencia, sigue diciendo que la economía está en ascenso, que se mata a un azul y blanco pero también a un rojo y negro, que es normal que la policía intente evacuar a las familias vulnerables por las intensas lluvias con una AKA 47 a cuestas y que no nos extrañemos si tanques de guerra salen a salvarnos de éstas, que la electricidad con los gobiernos liberales fue de un 45% de cobertura y que hoy en día es de casi el 70%. Como si lo extraño aquí es que cada quién haga el trabajo que le corresponde y que el ciudadano tiene siempre que vivir agradecido.

Para suerte de la familia Ortega-Murillo muchos de los proyectos para mejora del país se ejecutaron durante su mandato, pero sin intención de enaltecer a ningún partido, esas cosas ya se habían trabajado y aprobado con anterioridad. Pero esto no significa que el país haya crecido económicamente, las pequeñas empresas jamás se beneficiaron de una taza de interés que hiciera fortalecer sus negocios, y al día de hoy no hace falta leer de economía, con tocarnos el bolsillo basta para saber que estamos en desgracia.

Es lo único que nos hace diferentes a dos sectores firmes de nicaragüense, para unos la verdad absoluta la tiene una sola figura, y la otra anhela un cambio, no es verdad que nuestra pobreza nos haga estar atenidos a “falsas promesas” y que por eso “apoyamos al que vaya a solucionarme las cosas”, un argumento tan falso y clasista sólo lo puede tener el periodista William Grigsby Vado, a quién en varias ocasiones se lo he escuchado decir para minimizar las protestas.

Ojalá que la gente no siguiera aferrándose a este sistema, la comprensión es el precio para no estallar en una guerra, ojalá que no se nos agote. Al final los que no podrán convivir en una misma nación no seremos quienes tengamos opiniones diferentes sino, quienes recuperen la conciencia ética y el diálogo consigo mismo, y se convenzan de que nadie puede en modo alguno vivir con un asesino.