A Marcelo Mayorga, asesinado el 19 de junio en el heroico pueblo indígena de Monimbó.

Querido Marcelo, me dicen que un tal Carlos Trujillo acaba de aterrizar para ayudarnos a solucionar la crisis en Nicaragua, ese país que nadie mejor que vos conoce, y por eso andabas defendiéndolo. Por las diferentes calles se empiezan a desplazar más de 300 hombres, son policías, van de negro y armados hasta los dientes; Por otras calles se desplazan muchas mujeres valientes, vienen a pie, con el sol pelado y sonando cazuelas en señal de protesta. Ahí vienen, Marcelo, por esas calles de Masaya, nuestras calles, esas que ahora se han convertido en un cementerio.

Los de negro van a sacar al comisionado Ramón Avellán, no les importa arrasar con lo que sea Marcelo y te dejan a vos tirado en una esquina con un balazo en el pecho. A nuestras mujeres las han secuestrado. Me siento confundida. Te quiero levantar pero la policía sigue disparando, siento que me pesan los pies y la lengua la siento dormida. Dos mujeres se acercan a vos, son tu mamá y tu esposa, te empiezan a tocar y una de ellas se pone a gritar todo lo que yo tengo atorado en la garganta.

El otro día estaba hablando con mi mamá, Marcelo, ambas sabemos leernos entre líneas, a pesar de darnos ánimo estamos preocupadas, somos conscientes que los rasgos se han alterado, porque la dictadura nos ha impuesto hasta cómo tiene que verse una persona honesta, la misma cara en la moneda, nos han dicho que tenemos que reconocer la valentía pero se olvidan que antes de eso está la tristeza y el sacrificio. Se olvidan de los sentimientos. Se olvidan de todo.

Yo estoy nerviosa, Marcelo y no me queda de otra que ponerme a llorar, pienso en qué le vamos a decir a tu mamá, pienso en lo que te hubiera gustado hacer mañana, pienso en un beso cálido, en unas manos cálidas que me abriguen para superar esta angustia. Pienso en toda esta gente que está dividida, Marcelo, en la que quiere que quitemos las barricadas y dejemos nuestras huleras puestas en la mesita que está al lado de la cama. Pero sabés, lo único que voy a poner ahí van hacer unas flores, porque cuando éstas van marchitándose desprenden un olor agradable, yo a veces siento que sólo así me puedo dormir y llevo días sin hacerlo como vos, como todos.

¿Qué es lo que más te gusta hacer? ¿Qué comidas te gustan? Discúlpame que esté de preguntona, Marcelo. ¿Por qué andas aquí? Tus ojos me dan las respuestas, sé que no es para que una calle o una escuela lleve tu nombre, sino porque querés construir nuevas calles y nuevas escuelas, y que ya pensaremos en un nombre. Tus ojos me hacen repasar mis sueños, me hacen pensar en que, lo más malo que hice de niña fue robar mangos y guayabas y que ahora, ya adulta, es andar con vos, que sos mi nueva familia en esta trinchera buscando nuestra libertad.