En la política hay muchos caminos para alcanzar la democracia, pero ninguno plantea una herramienta tan poderosa como la autocrítica. La literatura, en cambio, nos proporciona material como “Vida y destino” de Vasili Grossman (por mencionar alguno) para analizar el totalitarismo. Un libro que cuestiona el comunismo luego de manifestar el propio autor su apoyo hacia esta ideología. En Latinoamerica está tan vigente, como si tal se hubiese escrito hace apenas algunos años, “El señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias que abarca el tema de las dictaduras de manera sistemática. Es interesante toda la enseñanza que te pueden proporcionar ambos libros, y deja constatado que para impulsar nuevas perspectivas tenés que criticar lo que está mal, porque sólo así se puede avanzar.

Pero el animal político actual ha convertido en una costumbre descartar parte de su historia cuando ésta no es favorable a su discurso. Nicaragua es un ejemplo de todo eso, hay personas que todavía consideran necesario la existencia o permanencia del Frente Sandinista, las hubo décadas atrás y las hay ahora. Una cosa es repasar el pasado y otra muy distinta es el hecho de considerar que ciertos contrastes serían diferentes con la ayuda de otro personaje de la revolución que no fuese Daniel Ortega, todo con la intensión de rescatar este partido, que, analizando te convencerás que nunca se alejó del sistema liberal.

Digo esto a raíz de tener que escuchar a muchos decir que lo que pasa en Nicaragua es un pleito entre los mismos dirigentes, y hay que tenerlo muy en cuenta porque no lo es. El nombre que le corresponde a toda esta desobediencia ciudadana es la palabra levantamiento. Al haber sido espontánea nos olvidamos, al fin, de la aprobación de estas viejas figuras que en la actualidad continúan citando sin contextualizar.

No es que no esté a favor de tener que convivir con opiniones diferentes a las mías, el problema aquí es que siempre hemos sido espectadores. Nunca analizamos y nunca cuestionamos. Hemos dejado que algunos menosprecien nuestras capacidades por cuestiones tan banales como los estatus sociales, cuando la verdad es que todos podemos hacer mucho si nos dan la oportunidad.

Creo que este silencio repentino en nuestro país no se puede calificar como una resignación, al contrario, nos servirá para cuestionarnos, ¿por qué se construían más centros de comercios que escuelas?, ¿por qué las carencias de nuestras comunidades nunca fueron temas de discusión?. La conciencia sigue, la gente sigue dispuesta, la población sabe que lo que pasó en los 80 se repitió ahora, porque siempre han decidido los mismos, nos falta digerir y asimilar. El pobre no es que esté maldiciendo al rico por ser rico, sino que desea las condiciones de éste para poder mejorar su alrededor.