Juan Gelman tiene en su poema “niño” los mejores versos para describir la incapacidad de un adulto al recordar su niñez; por ejemplo:
“un niño hunde la mano en su fiebre y saca astros que tira al aire
y ninguno ve
yo tampoco los veo
yo sólo veo un niño con fiebre que tiene los ojos cerrados”.
Creo que describe perfectamente también esa magnífica cualidad que desarrollamos desde temprano, para ver más allá de las tragedias.

La niñez en Nicaragua está marcada por obstáculos a pesar de ello, es imposible que en cada calle no escuches a alguno disfrutando jugar. La confianza la ganamos, dicen muchos, cuando tenés a tus padres cerca, sin embargo, muchos niños han crecido sin esa confianza porque sus padres han tenido que emigrar.

La ley 287 del código de la niñez y adolescencia, hace referencia a las garantías que tiene el estado para que nuestros chavalos vivan plenamente sus libertades. El pasado 19 de junio, sucedió una de las peores tragedias que se han vivido en el marco de la violencia en Nicaragua, se provocó un incendio donde fallecieron 6 personas, todos ellos de la misma familia, de los cuales 2 eran menores. Según el testimonio de una de las sobrevivientes y el de los vecinos, el incendio lo provocaron grupos paramilitares afines al gobierno, al negar el patriarca, el acceso al techo de su vivienda para que un francotirador se estableciera en éste.

El cinismo del régimen para justificar sus atrocidades va más allá de tener el ánimo de tolerar y esperar a que se negocie en una mesa de diálogo. Va más allá de criticar los índices de reducción del trabajo infantil que año con año maquillan y que por culpa de nuestra mirada de adulto se ha logrado perpetuar. Va más allá de haber permitido que un violador tomará el control de una nación. Va más allá de jugar con la educación de nuestros hijos, permitiendo que el sistema educativo sea el mismo desde hace 50 años.

Es triste que una tragedia como esta logre que cada uno de nosotros pueda tener el anhelo de que en algún momento de calma podamos empezar a ser mejores. No cabe duda que las cosas siempre se harán mejor si volteamos a ver con la mirada de los niños; ya saben, esa que atesoras en tus recuerdos, cuando jugabas “la cepita”, “canoa canoa” , “un viaje a la luna”… Ese recuerdo de las mañanas de los fines de semana, cuando te alegraba amanecer en la casa de tu abuela, frente a la cocina de barro que era enorme, tanto así que dejaba acomodarse a casi 9 primos frente al fuego para calmar el frío, ese frío rico que sólo llega de madrugada, mientras esperabas a que se derramara la porra de café negro para bajarlo y empezar a beber. El recuerdo de tu abuela que te miraba y se reía, porque sabía que aquello era una especie de ritual, el recuerdo de ella siempre sentada a la orilla de la puerta fumando su puro, lo inquietante que era porque se metía a veces la parte de la braza de su cigarro dentro de la boca. Ya saben, esos momentos donde no hacía falta decirnos algo porque nos comunicabamos a través de las miradas y las sensaciones. Ese sentimiento puro que permanece en el corazón de nuestra infancia.