Por Miurel González y Brenda Gómez

“Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se tiñe en sangre”.

-Rubén Darío-

A inicios de este 2013, muchas predicciones apostaban por el crecimiento de la minería en Nicaragua, ya que en Enero registró un incremento del 0.29 % con respecto a Enero de 2012, conforme datos del BCN.

Según el Centro de Trámites de las Exportaciones CETREX, el gobierno y la empresa privada están impulsando el crecimiento de la minería a través de programas de promoción y desarrollo a este sector; pero como siempre en Nicaragua las ayudas o incentivos -sea cual sea el sector económico- quedan en manos de empresas con gran capital, que son perfectamente autosostenibles.

En el departamento de Chinandega, en el municipio de Somotillo, ha cobrado importancia la mina “El Quemado”, debido a su gran productividad. Su concesión desde hace más de 30 años está en manos de la Cooperativa que lleva el mismo nombre, conformada por 110 socios, los que no son sólo de nacionalidad nicaragüense. Hoy representa la principal fuente de empleo en las comunidades de Villa Nueva, Santo Tomás, Somotillo y San antonio.

Pero aún con esto las comunidades no muestran ningún progreso y todo indica que no existe otra alternativa de subsistencia. Nos cuenta Ignacio Salinas, poblador de la comarca San Antonio, que antes este sector era de fincas que se dedicaban a la agricultura y ganadería; “ya nadie cría animales, han dejado perderse la tierra”, agrega “si alguien quiere matar un chancho lo tiene que ir a comprar a Chinandega”, esta mina por lo tanto se ha convertido en el pilar económico de esta zona.

Extracción del oro en “El Quemado”.

Esta mina la conforman dos cerros, “El Quemadito”, antigua beta y “El Quemadón”, que es la beta que actualmente se explota, la actividad se realiza en su mayoría al aire libre, aunque también se han cavado túneles que en invierno son imposibles de explorar ya que se llenan de agua. El hecho de que la minería sea a cielo abierto, resta un poco de peligro a la extracción, pero a como nos explica el Ing. Sergio Castiella, es más dañino al paisaje.

Explotar la mina “requiere de inversiones y de maquinaria” afirma Manuel Maradiaga, presidente de la cooperativa, pero ellos no cuentan con nada de esto a pesar de tener tantos años agrupados como cooperativa; para optimizar la extracción contratan palas mecánicas, las que llenan con la parte que le corresponde a cada socio, desde camionetas hasta grandes camiones. El resto de la población la extrae artesanalmente valiéndose de un pico y un mazo.

Para triturar la piedra, los miembros a los que les corresponde procesar grandes cantidades de piedra, cuentan con rastras en sus hogares, que son molinos hechos con grandes rocas sólidas que rotan gracias a un motor y en el proceso van triturando y lavando la tierra, hasta quedar en el fondo los residuos que con el azogue o mercurio hacen que se junte el metal.

Y es aquí donde vienen los mayores problemas, pues estos residuos quedan en el patio de estas personas, que si bien es un daño a su ambiente, el mayor daño a largo plazo es para ellos pues “el mercurio contiene propiedades tóxicas intrínsecas, una vez en el agua suceden transformaciones, hasta llegar al estado de CH3Hg+, este proceso llamado metilación de mercurio es muy tóxico, y se acumula en las cadenas locales de los seres vivos, y una vez que genera los daños estos son irreversibles, aunque su efecto más nocivo sólo afecta a los seres vivos, no tanto a las plantas, nos alerta el Ing. Castiella.

Cuando son pequeñas cantidades, el proceso se realiza en dos fases; primeramente se tritura la piedra manualmente con un mazo, dejándola lo más fina posible para luego pasar a un improvisado molinete, conformado por una piedra con ganchos de madera.

Las rastras no sólo pertenecen a los socios, otras personas con capacidad para construirlas, las instalan en el patio de sus casas para luego cobrar a quien quiera moler piedra o bien la compran para procesarla, y es así como personas que llegan por una chuspa de tierra (1 bidón) al cerro consiguen dinero, vendiéndola a dueños de rastras por cien córdobas.

El señor Magno Aguilera posee una rastra en el patio trasero de su casa, esta es pequeña comparada con otras, funciona con un motor de motocicletas, hay otros que usan motores de mayor alcance y fuerza.

Los mozos de las rastras al igual que los de la mina no cuentan con ninguna medida de seguridad en sus trabajos, mucho menos con un seguro social que los respalde en caso de accidentes, que ya los ha habido.

En marzo del año pasado hubo un derrumbe que causó la muerte de Silvio Aguilera y dejó a otros cuatro trabajadores heridos. La única ayuda que recibió la familia de Silvio fue la de concederle entrada al hijo mayor de éste para cavar libremente en la mejor tierra.

El señor Maximino Chavarría nos explicó que él trabaja para un socio de la cooperativa, pero Maximino no recibe ningún salario, sino que recibe piedra, la que procesa y lo que saque de oro se divide a partes iguales con su jefe.

El día que asistimos a “El Quemado” habían unas 200 personas, que aunque la actividad es a cielo abierto, hay peligro claro, pues todos se agrupan en torno a la excavadora y pueden haber accidentes con ésta o los camiones que transportan la piedra; así como peligros de derrumbes pues el terreno queda frágil y difícil de transitar. Maradiaga dice que esto es poco porque hay días en que llegan hasta 500 personas.

Se ve a simple vista la falta de supervisión, primeramente por parte de la cooperativa y en segunda de las autoridades inmediatas como la alcaldía del municipio, el ministerio del trabajo del departamento de Chinandega y el ministerio de Energías y Minas, el que tiene como una de sus responsabilidades: “el monitoreo, la vigilancia y el control de éstas”.

La mayoría de las personas con las que pudimos conversar están conscientes de los riesgos a los que se enfrentan pero no tienen más opción que ésta. Entrando una vez más en el gran dilema. “¿Qué es mejor, morir de hambre o envenenado a largo plazo? Si no se les da otro medio de subsistencia, supongo que sólo hay una alternativa, morir envenenados. ¿Cómo quitarles el pan de la boca a todas esas familias?, el tema es cómo no dañar a gente ajena a la explotación” reflexiona el Ing. Castiella.

Una posible solución…

Sería ideal que la cooperativa funcione como tal y se formalice esta actividad, y se creen infraestructuras adecuadas para el procesamiento de la tierra una vez extraída, ya que la gente traslada para procesar el material en sus hogares afectando de manera inconsciente a los demás familiares y esta es una práctica que se expande cada vez más.

Todo esto por supuesto requiere de una gran inversión y presupuesto pero la prioridad de los socios está en la extracción y no en un proyecto conjunto a largo plazo; considerando que actualmente estudian la posibilidad de explotar una nueva beta.

Una de las opciones para mejorar esta situación nos la da el Ing. Sergio, “la construcción de balsas estancas de ciclo cerrado. Balsas impermeables, bien con plásticos bien con arcillas, tras esto ya se puede verter el agua a las mismas, y cuando se necesite agua para continuar con la extracción de oro, se toma de la misma balsa, evidentemente este tipo de balsa tiene que estar diseñada con unos sistemas de carga y descarga adicionales, y de extrema seguridad que imposibilite la entrada de agua natural, excepto de lluvia. Deben tener también una dimensión suficiente que permita la recogida de agua sin derramarse al exterior agua contaminada. Se estará contaminando aguas subterráneas y superficiales -si no está bien impermeabilizado- e incluso zonas agrícolas si se sale el agua de la zona que la viertan”

¿Quién es el responsable inmediato de esto, a quién corresponde dar el primer paso? ¿a la cooperativa, autoridades municipales, estatales, empresa privada, ministerios?…